Pilla esto. No sé si viste nuestra publicación en Instagram sobre las novedades en cómics y figuras de Street Fighter que hemos recibido. Si no la has visto, pégale un vistazo o, mejor aún, ve a comicsbarcelona.com y busca “Street Fighter“.
El caso es que no estoy aquí por esto. Estoy aquí porque al hacer dicha publicación, desbloqueé un recuerdo. Ya sabes, esa sensación de familiaridad con algo que tenías olvidado y que de pronto reaparece en tu memoria llevándote, normalmente, a una época mejor.
Te pongo en contexto, aunque si tienes cierta edad ya sabrás de qué te hablo, básicamente porque lo viviste, y si no tienes cierta edad, quizá te importe un bledo. O no.
Corría el año 1991, yo tenía 13 años y a mí y a todos mis compañeros nos estalló el fenómeno del Street Fighter II en la cara. Este juego llegó a nuestras vidas a través de la máquina recreativa, y cualquier bar o salón que la tuviera tenía cola para jugar, seguro. Ya sabes, ocho luchadores con un carisma apabullante (luego fueron más, pero esa es otra historia) que se paseaban por el mundo en avión, de lucha en lucha, al mejor de tres rounds.
El caso es que nos enganchamos a esa arma de diversión masiva y, en poco tiempo, memorizamos los nombres de los luchadores, sus movimientos y escenarios y, cómo no, esas músicas que son la banda sonora de la adolescencia de muchos. A esas fantásticas melodías las acompañaban los sonidos digitalizados de cada personaje cuando ejecutaban un ataque especial. Y pronto los “ayuken” (llamado por aquí Kame-Hame, debido a la influencia de Dragon Ball y lo parecido del ataque), “lemi-jú”, “tup-joic” y similares se infiltraron en nuestra jerga.
Pero había uno especialmente llamativo. Cuando realizabas el movimiento correcto con Ken o Ryu, estos ejecutaban una patada giratoria mientras se desplazaban hacia el contrincante. No sé cómo llamarías tú a ese ataque, pero, una vez más, por aquí le llamábamos “el helicóptero” por motivos obvios. El caso es que el sonido de este ataque que proferían los luchadores al realizarlo era algo así como “faifaifuruken”.
Ahora voy al recuerdo desbloqueado que te comentaba al principio de este ladrillo.
En 1992 salió por fin el juego en su versión doméstica para el llamado “cerebro de la bestia”, o sea, la Super Nintendo. Otra adicción que tuvimos los adolescentes noventeros. Ahí se juntaron el hambre y las ganas de comer.
En octubre de ese año, por fin cayó en mis manos el tan ansiado juego. Un regalo inolvidable de mis padres, en su flamante versión USA, con su cartucho distinto a los PAL, etc… ya que faltaban unos meses para que saliera la versión española. Me puse a ojear el libreto de instrucciones, donde salían todos los movimientos que podía hacer cada personaje y cómo ejecutarlos, y por fin pudimos saber cómo se llamaba y escribía realmente cada ataque. Recuerda, ni había internet, ni había Google, y lo de hacerle preguntas al oráculo de Delfos ya no se llevaba. Así que cierto tipo de dudas quedaban en el aire para siempre.
Como te decía, me puse a leer el libreto y vi que “ayuken” era realmente “hadouken”, que el “lemi-jú” que ejecutaba Guile era realmente “sonic boom”. Y así con todos. Pero llegué a uno que rompió mi juventud en mil pedazos. El ataque de “el helicóptero” que te comentaba antes, y que a todos nos sonaba a “faifaifuruken”, se llamaba realmente, ojo cuidao… ¡Tatsumaki Senpukyaku!
¡¿Quéee?! O, como se dice ahora… WTF?? No importa con qué tono lo digas, qué acento le pongas o qué velocidad le imprimas, dicho no suena en nada a “faifaifuruken”. Se pongan como se pongan. Recuerdo que esto era motivo de bromas y risas entre nuestra parroquia imberbe en esa época. Es algo que nunca logramos entender.
Una parida, sí, pero por algún motivo esta historia se había ido desplazando hacia la papelera de mi memoria y ahora, por deformación profesional, he vuelto a revivirla. Y lo que me alegro.